De Baloyes y Urruchurtu – Relato de Estrella de los Ríos

                                      DE BALOYES Y URRUCHURTU

Relato por Estrella de los Ríos

Febrero 13 de 2014

Me transfirieron a la capital del reino que no tenía puerto, cosa que a medio mundo se le hace extraño que una sede de los soberanos en otro continente, y tan importante, quedara trepada en los desfiladeros de esa espeluznante cadena montañosa que llena páginas de historias desde tiempos sin medida.  Así que aterrizar, acuatizar, amarar, amarizar en estos andurriales sin civilizar, de por sí sería más que aventura, aunque no para mí, lo más natural, no obstante que en mi lugar de origen se tenía la idea de que los naturales lanudos de las montañas de niebla perpetua, cual sibilante paisaje escocés, eran muy educados, hablaban en susurros, cada palabra llevaba una venia, e inclusive su indumentaria y costumbres eran algo similares a las del otro reino, el unido.

Encontré un lugar ideal donde vivir. Mejor imposible: a escasas cuatro manzanas, por senderos, avenidas, parques, arboledas y pequeños palacetes  bien mantenidos,  ausencia de ruido. Trino de aves. ¿Qué más podía pedir?  Quedaba pues, a tiro de piedra de los cuarteles generales sede de la plana mayor del gasto público, y aunque no era un empleo político ni burocrático el ambiente no era diferente.

Siempre han sido los sospechosos y blindados de siempre, su manera de gastar dinero ajeno, el del erario público,  sin cortapisa, y sobra agregar que sus miembros, nativos y de otros países del viejo mundo, sin excepción eran los plus extra,  niños “bien”.  No vi gozques en su elenco, un sin casta, un paria aparecido: en general era el reino de la belleza, del buen gusto en el mobiliario, los accesorios, cuadros, alfombras, tapices y chimeneas siempre encendidas. Hasta la servidumbre, poca pero de clase mundial, se comportaba con el mismo discreto desenfado.

El único fuera del círculo de los poderosos, era un retirado capitán, por poco comodoro, morocho y curtido de muchos océanos, con supuestos vastos conocimientos del negocio del husbandship  o ships´s husband,  equivalente a ser un agente a quien el dueño de un buque inviste de autoridad para requisitos, reparación, equipo y lo demás concerniente a la nave fuera de su puerto de origen, o como se conoce al oficio de lidiar naves de altamar y sus astilleros y sus mañas marinas.  No bien se instaló en su cubil el viejo capitán, me visitó en mis aposentos privados a ofrecer el pingüe negocio de firmar manifiestos y pasaportes falsos. Mi olfato innato a duras penas permitió recibirlo, escucharlo y despacharlo sin cajas destempladas, pero desde ese instante supe con quién trataba.

El resto del personal de tierra era amable, respetuoso, hasta deferente; en últimas siempre acababa por hacer lo que viniera en gana, sin molestar. La mayor parte del tiempo estaba fuera del país celebrando juntas en los hoteles más, más, más elegantes,  en exclusivos, antiguos clubes de grandes ciudades. Por fuerza  debía enterarme de su itinerarios y  gastos en  que incurría desde el momento mismo en que el chofer y estafeta embarcaba las maletas de cuero de cerdo con herrajes de oro.

De mi boca jamás salió un comentario sobre el escenario, sobre la película fantástica que vivía a diario; el lugar de trabajo era mi segundo lar y cuanto más confort y más derroche de exclusividad, mejor; no salía de mi bolsillo.  Y aunque no andaba de viaje como ellos, debía de estar lista en el centro de mando mientras las naves efectuaban sus recorridos, lo agradecía por no ser afecta a andar volando, empacar, apeñuscar efectos personales y demás incomodidades que implica un viaje doméstico o internacional.  Pero en el fondo, muy, muy dentro algo me decía que semejante derroche de falsa elegancia inglesa,  dinero, viajes, sueldos astronómicos no duraría mucho. El tiempo pasaba, no disminuía el caudal de despilfarro y sabía que el staff europeo se mofaba de las pretensiones criollas, y por mor de su imitación, jamás los alcanzarían en siglos venideros. Ellos allá, como yo acá, sabrían que más tarde que temprano quedaban en tablas perdiendo oro y moro, no ellos, el erario público, el que se recauda en alcabalas.

Por tanto en el lugar de trabajo se volvió mi cubil donde, al mando del centro de información, logística y acción solo bastaba que hacer lo que más me gustaba en un ambiente tranquilo, donde la única mujer del equipo era yo, bueno y Asunta Macía, un ama de llaves paciente y eficiente, silente y discreta y quien muy en el fondo, sabía que aquello, si bien no era una farsa, se acercaba al ditirambo.

El único sacrificio era estar en pie desde tempranas horas para aprovechar las horas de luz del viejo continente,  casi las antípodas; cuando ellos terminaban la jornada,  acá empezábamos, y me parece una tortura madrugar: paso el día con la sensación de navegar en el espacio con el estómago vacío. Pero hacía lo propio y cumplía con ese horario feroz. Ellos ocupaban sus respectivos puestos aquí presentes o en otras latitudes, se me antojaba que carecían de vida sexual, matrimonial, de pareja; en cualquier caso carecían de nervios mientras devengaban millonadas y gastaban millonadas emulando armadores griegos y escandinavos.

Una mañana, un petimetre de actitud asustadiza y caminar presto de quien  recibe y acata órdenes, entró en mi despacho iluminado por los grandes ventanales que daban a un pequeño bosque de Fraxinus chinensis, más conocidos como urapanes. Llegó azorado, sudaba, pidió auxilio en el instante que echaba un vistazo a un mensaje del MS Ancón que llegara por el satélite marino con un desesperado S.O.S.  El petimetre me pedía que les ayudara a tomar con urgencia una declaración al capitán de la nave Ancón de bandera nacional.  Urgente.  A estas horas de mi existir, si bien no andaba prevenida,  vivía con las antenas bien dirigidas porque algo gordo habría de venir y se me antojaba que estaba en una posición de riesgo, por ser mujer, por mi aparente ingenuidad, por tragar entero, por hacerme la vista gorda y no dejar las naos a la deriva. En otras palabras era el perfecto chivo expiatorio.

 Cuando el petimetre salió dando saltitos de chorlo rumbo a su oficina,  alguien más bajó a trompicones del puesto de mando del retirado comodoro de proposiciones indecentes, avisándome que el capitán del MS Ancón me esperaba con el radio abierto directo de la nave. Llamé al petimetre y le pedí que él y el comodoro retirado estuvieran presentes al pie mío mientras recibiera la declaración, que anticipé algo semejante a un expediente policiaco a juzgar por los rostros del par de saltimbanquis a sueldo sin disimular que algo grueso barruntaba.

La testosterona del equipo la tenía calibrada. Juntándolos no obtenía el espécimen  de un varón con pantalones, de allí que íntimamente les tuviera “cogido el bajito” como dicen en la madre patria. En ese momento de pánico en alta mar, el resto de caballeros de relucientes armaduras saltaban de país en país, codeándose con los abogados más serios y prestigiosos en firmas de contratos y acuerdos y extensiones, otrosíes y champán presumiendo talla de  Niarchos y Onassis en sus mejores tiempos.

Esta fue la declaración del capitán del Ancón que navegaba desde el puerto de Lázaro Cárdenas en el Pacífico mexicano rumbo al puerto de Buenaventura.  “Siendo las tres de la madrugada dando puños desesperados el contramaestre Machuca toca a la puerta de mi camarote y pide a gritos que me haga presente en cubierta. Me levanto  vistiéndome en la marcha y apresurado  el contramaestre Machuca relata que al teniente Urruchurtu lo encontraron en su litera, el cráneo destrozado con un martillo hallado en el lugar, la ropa de cama en desorden y una cadenita con medalla religiosa, al parecer del perpetrador, entre las almohadas arrugadas.

Doy orden de reunir la tripulación en cubierta, pregunto si escuchó o sintió un ruido o movimiento que arroje pistas y responde que no. El pilotín de guardia a cargo del puente de mando se excusa de  no estar pendiente en el puente; dice que minutos antes de los hechos se retira de su puesto a fumar un cigarrillo al pie de las escaleras del mismo puente pero no ve ni oye nada extraño.  Apunta a que el principal sospechoso es Urruchurtu, el  ausente en cubierta al pasar revista y tras peinar el buque sin olvidar rincón en el cuarto de máquinas.

Reviso los salvavidas y falta uno. Lanzo alarma de hombre al agua y  a las autoridades costeras en la zona,  emprendo la tarea de búsqueda de Urruchurtu en las aguas de las costas a menos de 70 kilómetros del golfo de Fonseca en Honduras.  A las cinco de la mañana ordeno suspensión de búsqueda cuando los helicópteros de la guardia costera confirman que en la cercanía no se avista hombre aferrado a un salvavidas, es zona infestada de tiburones y cero probabilidades de que se halle con vida. Doy parte oficial a las autoridades de nuestro país, desvío el rumbo, cruzo  el canal de Panamá contrario a nuestro itinerario, recalo en el puerto de Barranquilla a las 2 horas del día donde se practica el levantamiento y dejamos el caso en manos de las autoridades que inicien la investigación. “  El final de la historia se  reduce a la desaparición de un tripulante y a la muerte violenta de otro. La prensa no registra el hecho, no se vuelve a tocar el tema. Para la organización se da por hecha la desaparición de Urruchurtu, indemnizan a la viuda Baloyes y parte sin novedad.

Cinco meses después un joven de apellido Aguayo,  pelirrojo de pecas en los labios, miembro de la tripulación que había hecho buenas migas conmigo por ser diferente al ejército de piratas y bucaneros, había prometido traerme de regalo en el próximo viaje a México, un auténtico molcajete tallado en piedra volcánica y que dado su peso y volumen por otro medio de transporte habría sido difícil si no imposible su transporte. A esta altura del paseo,  yo que en apariencia tragaba entero, no había deglutido  la historia del capitán del MS Ancón, que entre sus colegas poseía fama de ser más loco que una cabra. Y desde lo sucedido procuré no tocar el tópico con quien  apareciera por mí puesto de información y logística que estuviese a bordo del MS Ancón, aunque no dejaba de inquietarme lo que subía amarras arriba. Así que recibido mi molcajete de lujo, entre un café, un vaso de agua y la quietud de mi lugar de trabajo, el pilotín Aguayo no ocultó que estaba ávido de soltar algo que llevaba atragantado meses por miedo, quizá por conservar su puesto.

Aguayo contó que entre Baloyes, el contramaestre muerto y Urruchurtu existía una relación extraña según comentarios de un par de compañeros de confianza, que  cuando estuvieron en el último viaje a los Grandes Lagos,  Urruchurtu y Baloyes fueron observados en actitudes no comunes.  Que Baloyes compraba oro en compañía de Urruchurtu y que la transacción había terminado en discusiones.  Hasta allí parecía un negocio mal acordado.  Que el contramaestre Baloyes y Urruchurtu, ambos casados, siempre habían desplegado comportamientos sospechosos, como demasiada confianza en tripulación masculina. En otras palabras, estarían sentimentalmente involucrados.  Para no nadar en lugares comunes evité el tema del tráfico de droga pan nuestro de cada día en los buques que entran y salen de puerto en puerto, pese a operativos habituales de perros y autoridades.  Lo sorprendente de los detalles de la declaración del capitán fueron las huellas de los zapatos del atacante en las sábanas de la litera, como si este hubiese atacado de pie encima de la cama, sobre la víctima indefensa. Y la cadenita que posiblemente arrancara Baloyes a Urruchurtu.

Transcurrió otro par de meses cuando se presentó Meola, un joven teniente que reemplazó a Urruchurtu el desaparecido, venía en busca de un certificado equis. Mi relación con él revestía otras características, pues a pesar de su oficio de marino mercante, sus hermanos y lejanos conocidos míos, estaban en actividades de tipo intelectual, así que el teniente Meola empleaba otro canal de comunicación que me generaba alguna confianza.   No traje a colación el tema Urruchurtu, mas salió a flote pese a que las escotillas son orejas. Me contó en susurros que corría el rumor que habían visto a Urruchurtu en Perú, en el puerto de Chimbote y se curó de eventuales temporales al agregar que es fácil confundir a un individuo con otro y que es difícil creer que sobreviviera sobreaguando en un océano plagado de tiburones.

En una ocasión de emergencia  me  embarqué en el MS Ancón para constatar el caso de un siniestro con fines de seguros, sin dejar de sentir de noche durante la travesía y sola en mi camarote la desazón de estar en el lugar de un crimen y en medio de la sobrecogedora soledad del negro océano donde según relatos de capitanes de otras naves se veían figuras fantasmales sin duda de ánimas en pena ahogadas en tantas naves como siglos.  Aguayo, fiel a nuestra amistad consolidada cual piedra volcánica fue designado como mi edecán durante el viaje: que no me faltase nada, que no me perdiese en los meandros metálicos del monstruo navegante, mantener a raya tripulantes atrevidos, así que puntual tocaba a la puerta de mi camarote para que estuviera lista y bajar a desayunar en la cámara de oficiales.

A estas alturas de la historia está vigente el sigilo en tierra y mar de abordar  el tema Baloyes/Urruchurtu y pese a ello, Aguayo caminando conmigo entre los estrechos pasadizos de acero del MS Ancón me espetó que Urruchurtu no se había arrojado al mar, que se mantuvo oculto en la nave hasta que cruzaron el canal de Panamá donde aprovechando de la altura de la nave ayudada por las aguas de las esclusas y casi a ras con el muelle saltó a tierra firme y desapareció bajo la canícula istmeña. Bajé a desayunar con el desasosiego de saber demasiado y constaté que había sido el crimen pasional perfecto. Un año después, en un rincón de un periódico nacional leí la noticia de la desaparición de un teniente tras la muerte de otro.

Bogotá, febrero 13 de 2014

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