Mi vida antes y después de la muerte de Joe

En memoria de Joe Arroyo

Por Estrella de los Ríos

“… se me recordará porque la verdad siempre reinará. Deja la carrera ya, deja la velocidad y quítate la saladera. Deja la carrera.”, salsa del compositor e intérprete Joe Arroyo con el Nene del Real al piano.

Sostengo y defiendo mi teoría peregrina que Colombia es un país Caribe cuyo litoral muere donde nacen las cordilleras de los Andes. Se acrecienta mi deseo de sostener la situación geográfica que contagia a los pobladores de este territorio, crisol de culturas danzantes. Parece atrevido pero mi vida musical la divide la muerte de Joe Arroyo, de Álvaro José Arroyo, mi paisano de Cartagena por cuna y de Barranquilla y su gente por sentir el verdadero ser Caribe, por apropiarme del jolgorio del Carnaval.
Desde su desaparición no he cesado de oír cada una de sus composiciones e interpretaciones de decenas de discos que atesoré desde que tengo memoria de su existencia, y no es exagerado, pero casi a diario resulto con nuevos discos que me traen de regalo, o comprados.

Coincidieron los homenajes a Joe con la exhumación de los restos de mis padres que hace décadas murieron en Barranquilla después de vivir su vida entera en Cartagena, hecho que marcó un hito importante donde se sumó el regocijo de confirmar que gracias a ellos estoy viva, bella, sana, con hijas y nietos, hermanos, hermanas, sobrinos sanos, bellos y alegres que también sintieron la pérdida de Joe. Hasta los más pequeños aprendieron de memoria “En los años mil seiscientos…” Tararean “Si el torito fuera de azúcar…” Aprendieron a dar sus primeros pasos del garabato con “Te olvidé, te olvidé”. Paradójicamente celebramos en familia escuchando la música de Joe, degustando platillos de la costa Caribe, brindando con whisky a la memoria del muerto, cada uno escogiendo sus favoritos entre lo más granado de su repertorio. Celebración de la muerte con alegría; la memoria queda. Lo demás es pasajero.
A diario desde que me levanto repito una y otra vez los discos, buscando incansable en la red las letras que están casi en su totalidad transcritas, para poder comprender mejor el contenido del sentir, las notas, la inflexión, el fraseo y entonación particular, que hace único el legado que nos dejó el irrepetible Joe.

Sin alharaca, sin convertirse a otras sectas religiosas, sin cantar en atrios de iglesias, Joe compuso A mi Dios todo le debo y Dale gracias al señor, con las cuales media humanidad azota baldosas hasta el amanecer, y sin querer o queriendo dan alabanzas al cielo. Compuso un villancico que llamó Niño Dios, donde ingenuamente escribe una carta pidiendo los regalos de la Navidad, y todo esto acompañado con bombardinos, cornetas y trompetas, claves y guacharacas en son de gaita.
En la mar infinita de tragedias, mentiras, corrupción, descomposición social, hecatombes naturales, desidia, abandono de las clases dirigentes, afianzar mi identidad Caribe me ha remozado, me siento en un eterno carnaval deseando que empate con el verdadero que ha de celebrarse el próximo año 2012.

Joe ha hecho que aflore un orgullo patrio que ninguna campaña publicitaria institucional lograría con tanta efectividad. Joe ama la brisa de Santa Marta, las sabanas de Sucre y Córdoba, canta a sus porros y bandas que complementa con la flor de su joeson donde recuerda los barcos de la bahía,  de Cartagena, a los barcos que fuman; exalta la hospitalidad de Curramba la bella cuando asegura que si a la cárcel lo meten Barranquilla lo saca. En Barranquilla me quedo, como suele decir quien la visita y se encanta como él.

Canta a los oficios;  al barbero, al cocinero, al maletero, al coquero, (que vende cocos), al patillero, a la bollera (la que pregona bollos), al labriego, a su raza, nuestra raza, al amor de un día: La guarapera. Canta al Sagrado Corazón, a la Virgen del Carmen, al loro, a la lora, al clavel, al hombre lobo, a la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos; al inocente, a la maldad, al ausente, al confundido, al caminante, al que se va y regresa.

Enseña a bailar, “moviéndola la colita como zángano”, en P´al bailador. Canta al verano, a los meses, al paso de las horas y de las nubes. Cuenta de rayos del sol en el río Magdalena en el verano.

Era un hombre de la tierra. Rural, tropical.
La riqueza musical de Joe radica en la profundidad de su arraigo al ser negro, chombo, caribe y que traspasa las fronteras de nuestro país. Sus cantos de amor, desamor, sus plegarias al Señor del Cielo, sus oraciones negras, el lenguaje inventado, el patois, la fusión de espanglish, “explica why”, dice; crea vocablos africanos, la prosodia que insinúa el bantú, el congo.

Los relatos de la cotidianidad convertidos en canciones me transportan en un viaje placentero por las diferentes expresiones musicales de la Cuenca del Caribe, de las Antillas. (“Me inspiré, me inspiré, de Puerto Rico a San Andrés se baila bien. Oído. Oído.”) Una queja de que falta la plata,  es un porro fiestero donde pisa fuerte con el tres de los soneros, la plena, la bomba, la bachata, el merengue dominicano, el calipso, el regae, la soca, la murga panameña, lo champetúo, la charanga, el son guajiro, la guaracha, el bullerengue. Encontramos acordes de blues, el soul con alegres notas de rock en Flores silvestres. No olvida la balada de los setenta, el alma de los boleros, los bailes cantados de las octogenarias de la Depresión Momposina, el chandé que tanto lo inspiró. Y los relinchos irrepetibles de su garganta instrumento.
Hace homenajes a Pete, “El Conde” Rodríguez, a Ismael Rivera, a Ismael Miranda. En la improvisación de sus músicos de la orquesta La Verdad van mensajes a Lavoe, a Oscar de León, a los clásicos de la música afrocubana, a la afrocaribe, a los clásicos de la música universal. Lo acompañaron los grandes de la salsa, de la música tropical, lo estimó el mundo entero y en cada memoria sensible y alegre, reposa un momento con Joe.

Repasando la discografía de Joe y sin proponérmelo, traigo al recuerdo amigas y amigos que ya no frecuento, los que se han marchado; instantes que compartí con ellos en diferentes celebraciones y circunstancias. He admirado a Ángela González, madre de Álvaro José Arroyo, que bien lo crió; quien a pesar de su condición humilde supo darle lo mejor de su riqueza moral, de vivencias sanas, y gracias a ella tenemos a Joe vivo y coleando para rato.
En ese repaso por Joe descubro su posición humana, su claridad política; discretamente socialista y cumbancheramente rebelde. No peleaba con nadie. A nadie le buscó pelea. Su diálogo cotidiano era suave en el tono y volume, que guardaba para lo que sabía hacer: ir de barítono a grave, grave. Celia dijo –sin conocerlo- que Joe era el tenor, o barítono de la salsa. Era tal el poder dramatúrgico de su voz, que se mimetiza e impersona a los maestros. Su barrio, su gente lo rodeo de amor como Joe, el ecobio, los despojaba y embrujaba. Perdí la cuenta de los Congos de Oro que lo llevó hasta sentir que era hora de ceder el puesto a los merengueros, salseros, que igual querían embrujar con música durante el Carnaval. En El maná eleva una plegaria que conmueve; ruega para que llueva maná para que nadie se acueste en la noches sin comer. Me eriza Abandonaron el campo lamento sobre los desplazados de la guerra y la corrupción, y la tristeza de la tierra abandonada por falta de fe. No menos conmovedora La guerra de los callados que para la posteridad deja retratada la época violenta que vivió Colombia cuando la guerra de los narcos estuvo en su pico más cruento. Con el son cadencioso de tamboras y clarinetes Suave Bruta narra con metáforas casi surrealistas anécdotas de personajes que se vieron inmersos en situaciones similares a las que él vivía en el momento de componerla. Un motivo para el desahogo.

Parece que temiera pasar por intenso hablando solo del dolor de amor y desamor. Del reclamo de no querer estar solo. En son de chandé y el trotar del caballo en la clave que lo caracteriza, de corazón Joe le canta a la Mama por no tenerla cerca. “Mama, ay, mama. Qué bello sueño tuve ayer. Yo me volvía a enniñecer…”  Tengo Joe para rato, sí señor. “Le pido a la que me dio de amamantar su seno. Incomparable mamá. La mamá.”

Como su obra es un derroche de sabor, de movimientos que el cuerpo expresa espontáneo, muchas, si no la mayoría de sus canciones las coreamos, las tarareamos entregados al sudoroso frenesí del baile, sin comprender la profundidad del contenido. Ahora, con oído alerta repito una y otra buscando sus datos, “las líneas que tiraba” que nos acerquen más a la filosofía, a la sensual sensibilidad del vate Joe Arroyo, quien hubo de amar una y otra vez, como los poetas malditos, saboreando el dolor del amor para mantener la musa al pie. Y cuando no era la musa del amor, lo más elemental se convertía en rima y melodía, el clima, la lluvia, las nubes, las cabañuelas, las brisas que tumban techo. Se convierte Joe en nuestro cómplice al comprender que él también sintió lo que uno ha padecido por amar demasiado.

El día de su funeral se destaparon los amores cómplices de Joe. La razón para que  las decenas de miles de dolientes que pasaron por la cámara ardiente llevaran a Joe en su corazón, de corazón. “La vida, la vida, la vida va. Mi vida, mi vida, mi vida va. La vida sigue pa´lante como el elefante. Sin paraíso terrenal, la vida va… la vida del artista va”.

Ese es Joe, el vate de la agonizante luz del crepúsculo borroso, el dulce tul de la noche. Sus románticas figuras poéticas, porque su mente ardiente estaba, no soslayan a la garrapata,  a la tortuga, al pavo real, al sapo, al monstruo, al gavilán pollero. Al llanto que viene y se va, al tamarindo seco, a la pepa de mamey, a las flores silvestres.

Mi vida después de la muerte.

Simularé y disimularé como él recomienda en Simula, Timula.

Como igual recomienda ser un caminante eterno en la compañía del Señor. Gracias a los padecimientos de la drogadicción, subir y bajar, arrastrarse y levantarse, estar al borde de la muerte, era un hombre profundamente espiritual que gritaba al cielo compañía para resistir la vida. Echao palante. Clama coherencia en un canto sublime que con su poderosa voz eleva, “¡Claro, claro, muéstrame el camino claro!”; con bullerengue pide que los hermanos no peleen, recuerda que quien no oye consejo caerá, y mucho antes que Milán Kundera nos aconseja Deja la carrera. “¿Oye, que te pasa a Juan Tenaz, que siempre vas a la carrera, mira, deja la velocidad que en tu mente hay una guerra, eso no te llevará, eso no te llevará, quítate la saladera. Deja la velocidad y tendrás felicidad hasta el día que te mueras”. No pierde oportunidad para hablarnos de la balsamina, del plátano, del algodón y del café, de flores, de colores; canta a la verdolaga, a la balsamina, al caballo, y recreó coplas y rimas de los viejos compositores, cumbiamberos, tamboreros y cantaoras; hasta se remontar a la laguna de la Cocha sin olvidar a los hermanos de Nariño, Nariño su barrio y Nariño el departamento.
Colombia no ha empezado a sopesar el valor de Joe Arroyo que vivió para manifestar sin reserva cuánto sentía en signos de melodía. No quiso dejar un aire en el tintero, una expresión autóctona del canto, el baile, el ritmo del lugar más recóndito del Caribe. Pero estoy segura que hasta ahora, como yo, han despertado muchos desentrañando más a ese personaje grande y universal de nuestro folclor. Sin pisar conservatorio, sin estudiar literatura, sin tocar un instrumento diferente a la clave, la clave de todo, escribía sonetos, baladas, epopeyas. Reunía músicos, coristas, virtuosos del piano, la percusión, los cobres, que interpretaron tan fiel el instrumento que era su voz y la melodía que bullía en su cabeza, hasta hacerlo gráfico en un pentagrama que abraza y abarca el territorio de Colombia, país que baila el año entero muy a su a pesar. “Con la piel, labios de grana, de clavel, de clavel…”. Y entre líneas dice que “Se me recordará, se me recordará porque la verdad siempre reinará. “Deja la carrera ya, deja la velocidad y quítate la saladera.”
Bogotá, septiembre 3 de 2011

2 comentarios en “Mi vida antes y después de la muerte de Joe

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